lunes, 14 de septiembre de 2015

El trianto real
















 La cumbre del Mishahuanga


OFRENDA LITERARIA
      En mi niñez, desde la verde cima del Mishahuanga, yo oteaba a los parajes lejanos que aún no conocía: la costa oeste donde el sol da de lleno, la sureste serranía con cielo matizado de nubes blancas, el confín septentrional y la claridad detrás de él. A más de esto, los cuentos vivientes en la tradición oral, la lectura de manuscritos escogidos y los sucesos conmovedores de la vida misma, me dieron la inspiración propulsora del literato.

      Salí de mi terruño, determinado a florecer cosmopolita. Bajé hacia el valle, entre la ilusión y la objetividad. Y aparecí, pobremente arrabalino, pero con mis borradores siquiera: poesía, ensayo y obras poéticas breves. Devine en el que escribe novelas, por afición y aprovechando una parte del día, luego de ingeniarme para hallar medios de subsistencia. Al novelar tuve presente las reglas y el uso idiomáticos. Si hay algo que no se ha previsto, en el transcurso de mis días habré tenido ocasión de dar la última mano a este libro.

       Distinguir el futuro auroral, pese a la lejanía y oscuridad, teniendo fe en alcanzarlo después de vencidas todas las dificultades, caracterizan y separan de lo común a los protagonistas de estas tres novelas. Un país llamado Alcanjorria constituye el panorama novelesco. Dividido, por la época capitalista, en clases sociales fundamentales (obreros y burguesía) y secundarias (campesinos, artesanos, terratenientes). Y donde el fenómeno de la migración interna mueve a varias personas a emigrar, quedándose las otras con una curiosidad: ¿Será el paradero de los ausentes mejor que su terruño?

      Hoy he regresado, ya adulto mayor, al verdegal elevado de amplio horizonte, a la cima del Mishahuanga, para ofrecerle las novelas Cantares de Alcanjorria, El poeta de lejanías opuestas y La dimensión del semejante, cual tres flores del narciso, ordenadas conforme a los tiempos en que han sido escritas, y precedidas por la denominación El trianto real. En ellas se deja ver un poco la verdad objetiva de muchos parajes alcanjorrienses, lejitos y lejos de aquí. Señalar el valor que corresponde a estas novelas es arte de los lectores.

Mario Gastelo Mundaca


He aquí el primer capítulo de cada novela:





PRIMERA PARTE


                                 I

        Y  bien,  desarraigado de Jalcomayo, a un día de camino, pero dentro del mismo país, rompo el silencio y, como autobiógrafo, no obstante ser por naturaleza un personaje que sólo tiene existencia en la imaginación de quien escribe esta novela, doyme a decir algo propio para que el novelista lo vaya escribiendo y no hable sobre sí mismo ni aparezca como narrador siquiera, doyme a enaltecer mis vicisitudes hasta trocarlas en cantar de rioclaro...

         Pues a Chectayo, a una ciudad costeña y noroccidental de Alcanjorria, arribo, por ahora, lejos ya de Jalcomayo, mi terruño. Soy, entonces, debido al propicio y adverso fenómeno de la migración interna en mi país llamado Alcanjorria, el migrante.

         A vista de mí, el espacio se configura lineal y entre dos filas de edificios altos, más lo que yo nunca antes percibí: el olor  de gasolina en combustión, el sabor de sal del agua para beber, el aire cálido por la energía solar y la que irradia el pavimento, acá y allá los ruidos y los sonidos al mismo tiempo, acorde con mi andar...

         En este costeño lugar estoy, a la edad de trece años, matizando de estadía el avanzar. Me veo forastero y solitario en mi país, pese al ir y venir de la gente callejera. Qué galafate, hijo de la miseria, se hallará observando a escondidas lo poco que traigo. De buenas a primeras, tropiezo con el usurero avariento, el metafísico impreciso, la vedette cual fruta agridulce, ¡caramba! ¡Aún somos una muy grande imperfección!

         Ya la nube cenital deja de tener arrebol y crepúsculo. Las seis de la tarde. Se dan luz y claridad los vehículos, las calles y edificios.  Pronto he de hallarme con los obreros y sus huelgas. Cuando me una a ellos debo obtener confianza humana.
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Segunda novela



I (Capítulo primero)

Encapotado se halla el cielo, no obstante ser aún a mediodía, en Shallca. Este lugar encumbrado y llano de la gran Alcanjorria, sólo tiene casas aisladas unas de otras. Hoy las nubes elévanse del valle sureño por el barranco y los abajaderos. ¡Oh, qué oscuras resultan ya las nubes en el cenit y allende la cordillera del confín oriental!

Mientras venga en aumento la cerrazón y suceda la tempestad, Santos Colina está sentado en el poyo de su casa. Y, con la perspicacia de joven adulto, otea la remota planicie del Oeste costeño...

“Hacia aquella baja planicie”, habla a solas,  “yo iría zumbando si mi poncho se tornara en alas de colibrí”.

¡La tempestad irrumpe: truenos, relámpagos, zigzages iras, golpes de aguacero...! Estridente un rayo estalla contra una piedra de mediano tamaño y semienterrada, partiéndola en gajos como los de la toronja. Ello suscita la curiosidad de Santos Colina para ir a examinar la piedra gajoseada. En efecto, cuando pasa la tempestad y aparece de nuevo el Sol, examina. ¡Cuál no sería su sorpresa al ver que hacia el fondo terrino de los gajos pétreos, en una olla de barro, quebrada también por la ira del rayo, brilla y rutila un encanto, un sinnúmero de monedas de oro...! Recobrado de la sorpresa, parpadea y acaba por frotarse las manos en señal de riqueza. Acto seguido, se retira a su casa y vuelve portando una alforja para echar en ésta el hallazgo. Lo hace de corta en corta cantidad. Y, anochecido, se recoge con todo.

Sobre dos mesas pequeñas, tan pronto como asoma la luz del día, extiende a su tesoro, por aquilatarlo. Sí, son monedas de oro, áureos que en tiempo antiguo alguien escondió: seis kilogramos entre soles y esterlinas, seis kilogramos y una valía intrínseca. Acaudalado está pues, sin que lo haya pensado, Santos Colina. Ahora sí tiene alas para irse en procura de ampliar su horizonte, y se dispone como el colibrí a volar hacia aquella planicie atractiva. Una semana después, él deja a su terruño y desaparece, camino de la costa...

“¡Anhelo un tesoro como ése!”, habla entre sí, cuando el cielo está encapotado, otro lugareño, de menos edad que Santos Colina.
Y si la tempestad irrumpe, tal adolescente, José Evaristo Peñanegra, guarecido al pie de un árbol, invoca:
                  
                           Rayo, ábrele los brazos y
                           el  pecho a la roca, para
                         que me dé su áureo corazón.

Se pasa los días pidiéndole oro al rayo, sin éxito. De resultas, todavía carece de medios para seguir el rumbo de Santos Colina. Mas, por otro lado, su madrastra Norry Acantia le da prisa a fuerza de maltrato y desamor. Reflexiona, entonces, y se determina partir, siquiera a más allá de sus narices.

“Si muero por falta de dinero, ¡muero pues!”, se dice resuelto.

Ni el llanto nostálgico y lastimero de su hermano menor lo detiene ya. A mediados de setiembre, luego que amanece, sale de Shallca, no con dirección al Oeste costeño, como lo hizo Santos Colina, sino al Este serrano. Camina entre dos hileras de árboles alborotados de vez en cuando por las avecillas y el viento. Al poco tiempo, el panorama del terruño ha quedado atrás, y el camino continúa…

Entra de pronto en un paisaje de belleza insuperable. Acá, le da la bienvenida el canoro amarillo; ahí, el Sol cenital le ofusca la vista y le reduce la sombra de su estatura mediana; allá, el fresco manantial le calma la sed... Siendo así, suspende por un momento el caminar y, sobre una loma, deja caer su equipaje y al lado de éste se sienta. Un airecillo ocasional da en su rostro trigueño y ondea sus cabellos negrilacios. Su mirada va y viene, desde las frondas cercanas y matizadas de racimos, hasta las cumbres lejanas y el cielo sin nubes donde un cóndor dibuja extrañas formas musicales. Oportunamente come el fiambre: de más está decir que saborea la última comida de su casa prístina.

Antes de ponerse otra vez en camino, tiene gana de dormir, y dormita. En este hallarse medio dormido, he aquí lo que sueña: Aludo, va por el aire, haciendo huir a los nubarrones; va por encima de un continuo venir de montañas y hondonadas; al final de la aerovía, se posa sobre la orilla de un desnublado.

Lo despierta el empezar a caer la tarde. Y mustio, como los mustios silvestres, piensa en sus diecisiete años de edad, bastante para poder trabajar en lo que le saliere. Un momento después dirige sus ojos pardos y mira al horizonte, retoma su equipaje y va a más allá...

En el pueblo de Queñoal debe encontrar a Zenón Zelada,   con quien ha estudiado en la escuela secundaria.

“Tengo que encontrarlo”, se exhorta, “porque en aquel lugar no conozco a nadie sino a él”.

Precede al pueblo de Queñoal un terreno algo elevado y extendido, que principia con un espacio de más o menos tres   hectáreas, alambrado, lleno de cruces grisáceas en sendos relieves térreos y bajo una atmósfera de mutismo fúnebre: el cementerio, a la vera del camino.

José Evaristo pasa de largo el cementerio, como quien no acepta la compañía de los muertos. Adelante, hacia su derecha, aparece un campo que baja hasta el hondo fresquedal y sube por la banda de enfrente hasta las cimas arboladas y aún visibles merced al remanente del crepúsculo. A continuación alcanza con la vista al vallejuelo en donde se sitúa el pueblo de Queñoal. Entre las casas sobresale la torre blanca y llamativa del templo católico. Ahora sí, camina por la bajada y en medio de dos hileras del árbol que ha dado nombre al pueblo. Ya de noche, está llegando, cruza un arroyo por la pasarela de piedra, e ingresa en la calle principal...

A obscuras y con ritmo forastero, toca a una puerta.

–¿En dónde vive Zenón Zelada? –pregunta a la persona que acude.

–Allá, enfrente de la plaza –le responde y señala.

–¡Gracias! Voy para allá.

Acaba siendo recibido, en virtud de la amistad que los une. Tal amistad nació en Shallca cuando Zenón Zelada, bajo la tutela de su abuelo materno, estudiaba el máximo grado de secundaria.

El diálogo amical, en honor de haberse vuelto a encontrar pasado un año, sería diáfano y efusivo si no fuera interrumpido a cada rato por los desvaríos del padre de Zenón, don Anselmo Zelada, que está borracho. Por eso, todavía al otro día en que José Evaristo va al campo con su amigo, detalla a éste la finalidad de su visita.

–Vengo en busca de mejor suerte –resalta dentro de su conversación–. Ojalá la halle aquí, con tu ayuda.

–Ahí –responde el queñoalés, indicando con la diestra el terreno labrantío de su padre– puedes sembrar y cosechar, con mi ayuda; pero no sé si de este modo alcanzarás lo que deseas.

–Claro es que no –expresa  el shallqueño, desengañado.

Trabajar acá, o arriba en la mina de Loren, o abajo en la hacienda de Eriala, no es el mejor futuro para un adolescente que,  aun contra viento y marea, su alma implica mudanza. Nomás al tercer día de su arribo lía los bártulos y a la vez anuncia su partida.
–Zenón, me voy más hacia Oriente. A Ruparia, la mentada comarca de la Selva Alta, vuela mi visión.

–Pero, José Evaristo, dicen que allí andan los alzados en armas.

–Me cuidaré mucho.

–Si quieres irte, ¿por qué no cambias de rumbo?

–¿Adónde?

–A la costa del Oeste.

–No, Zenón. A la costa se va con dinero, sino ¡ay pulmones! Pues el rayo de las nubes no me pudo dar el oro que le pedí.

–En fin, cada cual busca su destino, bueno o malo. Pero cuando des con el tuyo me llamas, porque en este lugar hasta la sequía nos agobia.

–¿Cualquiera sea mi destino?

–No, me llamas si te va bien.

José Evaristo ríe levemente: ni él está seguro de que le irá bien. Luego, ambos amigos se quedan ensimismados, pensando en sus planes reales y fines lejanos...

Muy de mañana, entre la estridulación de los insectos arborícolas, el viajero sale a la buena ventura, no sin antes despedirse de toda la familia Zelada. En su equipaje trae una carta que puede causarle más de una situación favorable. "Lleva esta carta para mi tío Rafael", le había dicho su amigo Zenón…

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Tercera novela



 I (Capítulo primero)

          Acá, en los suburbios de Fulgencia, residen Emilio Soren y Dánfer Alilah. Hace ya treinta años que éste llegó del caserío cordillerano Antos, y aquél, de la aldea selvática Rioro. El antosiano se asentó hacia el oriente de la ciudad, y el riorense, hacia el  oeste, como las hojas opuestas. Entre los dos media poca distancia, solo la ciudad, mas no se conocen ni sabe el uno que es imagen y semejanza del otro.

          La coincidencia obra de cabo a cabo. Los dos personajes, luego de recorrer, por separado, catorce kilómetros en autobús, arriban a la orilla del mar, mar de la villapuerto de Anclares. Ahí danse a veranear hoy sábado, sacudiéndose del trabajo semanal excesivo. Aún por separado y sin conocerse, en medio de otros veraneantes, comparten el ambiente sabático y tarderino, entran en el mar y salen. A la postre, sentados sobre la arena con las piernas cruzadas, observan entristecidos la puesta del Sol.

          Recobran el sentido y se ponen en pie cuando una ola de la alta marea los alcanza. De resto, advierten que entre ellos ya no hay público playero, se ha recogido. Es así como aparecen ambos cara a cara, sorprendidos. Y no pueden menos de saludarse afables y trabar amistad.

          –Tú –dice, a continuación del saludo y todavía sorprendido, Emilio Soren–, pareces mi doble, mi vivo retrato.

          –¡Ah! –repone el interpelado–. Somos muy parecidos, ¿no?

          –Por supuesto. ¿Cómo te llamas, amigo?

          –Dánfer Alilah Gorsay. ¿Y tú?

          –Emilio Soren Ormeño.

          –Que yo sepa, Emilio, no somos hermanos ni primos siquiera. ¡Cómo, pues, hay tanta coincidencia, que me confundo contigo!

          Sí, son hombres con aire de cuarentones y asociados por semejanza, inspiran simpatía; medianos de cuerpo, trigueños,  cabello oscuro y ondulado; caracterizados igualmente por el rostro ovalado, de nariz recta, ojos entornados, mentón proporcionado; de  orejas, frente, cejas, mejillas y boca medianas; están, por último, afeitados y en mangas de camisa, al uso veraniego. ¡Qué parecidos son, como dos gotas de agua y uno solo ante el espejo!

          –Pero –repara Emilio Soren–, el uno del otro en algo nos distinguimos.

          –¿En qué?

          –En el vestido que hoy nos cubre y la historia de lo vivido.

          –Eso sí, Emilio. El pantalón, en particular. Tú vistes de beige, y yo, de marrón. Y no creo que tu historia sea similar a la mía.

          Ya, apresurados por el atardecer y la soledad, a salir de la playa a la villapuerto se disponen, para tomar el autobús del retorno. Y dialogando lo hacen su corto recorrido a pie.

          –Si pudiéramos encontrarnos otro día –dice, oportunamente, Emilio Soren.

          –En plan de contarnos las vicisitudes por que hemos pasado –corrobora Dánfer Alilah.

          –¿El sábado de hoy en ocho?

          –¡Claro!

          Después de todo, entusiasmados quedan en que ese sábado se encontrarán a la hora del mediodía, en la Plaza Mayor de Fulgencia.

          Y como retornan de la parte marítima o el oeste, Emilio Soren baja primero del autobús, a la altura de su domicilio; y Dánfer Alilah baja más allá, en la estación misma.



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CRÍTICA LITERARIA RELATIVA AL NOVELARIO
EL TRIANTO REAL
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“EL TRIANTO REAL” O EL APORTE  INSOSLAYABLE
DE MARIO GASTELO MUNDACA

José López Coronado
    


     Esta no es una novela. El trianto real en realidad son tres novelas publicadas por su autor y ellas son: “Cantares de Alcanjorria”, “El poeta de las lejanías opuestas” y “La dimensión del semejante”.
         Su autor es nuestro paisano, maestro, abogado y escritor Mario Gastelo Mundaca, que viene desde San Juan de Licupís, uno de los distritos más alejados de nuestra provincia. Anterior a El trianto real, ha publicado el libro de poesía Yendo al canto del gallo en 1973, Bajaron al valle en 1980 y Nubes en el viento en 1983, prosas poéticas que merecieron premios literarios en la región Lambayeque.
         Las tres novelas contenidas en El trianto real tienen como tema el de la migración. Nuestros paisanos emigran en busca de mejores condiciones de vida hacia la costa como en Cantares de Alcanjorria, o a la selva como El poeta de lejanías opuestas, y en esos ir y regresar o ser el eterno ausente, busca solidaridad, justicia, bienestar, para vivir conforme o dichoso su humanidad, como transcurre en La dimensión del semejante.
         Alcanjorria es un país, nuestro país metafóricamente hablando, y es el escenario transversal de las tres novelas.  El protagonista de la primera historia es Marleo Florentino, natal de Jalcomayo (serranía norteña) que se enrumba a Chectayo (o Chiclayo en lengua yunga). Allí el jovenzuelo dado a la aventura sufre la viveza del criollo que le embauca en negocios que prometen pingües ganancias, pero que resulta un clásico engaño al recién bajado. Marleo extraña los suyos y su hogar andino, pero regresar derrotado no está en su concepción de hombre decidido a labrarse un mejor porvenir, a pesar de la marginación que causa la lucha de clases, evidente en todos los actos de una sociedad procapitalista. Incluso ni el amor le salva de los avatares sociales, pues su novia Flor de María, le es arrebatada por la vida capitalina de Horanghel, que no es sino en nuestro contexto la Lima, cada vez más horrible, como se le ha llamado a nuestra capital. Así va sobreviviendo nuestro personaje que tiene mucho de la biografía real del autor.

         En El poeta de las lejanías opuestas, es José Evaristo Peñanegra, natural de Shallca, quien emigra a Ruparia, una transfiguración de la migración que nuestros paisanos, principalmente de la campiña, realizan hacia parajes de la selva naturalmente productiva y todavía generosa. El hombre social es acá un poeta, porque es creador de su propia humanidad hecha con la autocapacidad que caracteriza a quienes pertenecen a la clase trabajadora, por demás, cargada de peripecias y adversidades. Su lejanía opuesta está en el lugar de origen y el lugar de destino, tránsito que argumenta a su historia llena de hechos propios de la gente sencilla que hacen la vida mágica y real de todas las novelas.
          A su vez en La dimensión del semejante los personajes son Dánfer Alilah y Emilio Soren Ormeño. El tema de la migración permanece, pero el autor explora también otros temas para hacernos reflexionar que la vida es un laberinto cotidiano que hay que salvar con ingenio y firmeza. A través de la técnica del recuerdo largo (racontos) y del recuerdo corto (flash back), trasporta al protagonista hacia su infancia para, desde allí, explicarnos la dimensión exacta de la vida. Los retornos al presente histórico de los personajes permiten, además, compensar sus vicisitudes, haciéndoles alcanzar el amor, trabajo e incluso fama.
        La estructura de estas tres novelas que el autor propone leerlas como una sola, es inicialmente lineal y, sobre todo en la tercera, con el tiempo quebrado. Los capítulos, por lo general breves, tienen numeración romana. La primera novela cuenta con 51 capítulos, la segunda con 23 y la tercera con 21, lectura que resulta una hermosa aventura, pues la intriga constante o capacidad de persuasión, para el desarrollo estratégico de la historia, nos mantiene como en levitación permanente.
         El estilo de Mario Gastelo Mundaca es personalísimo. Su prosa es notablemente poética, metafórica, simbólica. Desde la nominación de sus personajes y escenarios hasta la representación de la lucha de clases, inexorablemente evidente, insoslayable. Su discurso argumental conlleva implícito una visión problemática del mundo, en el cual los agentes sociales, de acuerdo a su posición en la escala económico-social, no les queda otra que o aceptar o negar a su yo histórico y su rol correspondiente.
         No obstante su refinamiento expresivo, El trianto real exhibe una narrativa de clase o compromiso social. No olvidemos que los mayores logros de la literatura universal socialista tuvieron más en la poesía y el teatro, más que en la narrativa. El aporte de Mario Gastelo en esta concepción es entonces importante, ahora cuando se tergiversa la función social de la literatura, al argüir que más importa el cómo se dice que el qué se dice. Y tal vez, como decía ayer nuestro poeta César Gilberto Saldaña Fernández no se podrá traducir fácilmente a otros idiomas, pero bastará para que los lectores de nuestra lengua, después de leerla asuman el rol que les corresponda.

         Dicen los teóricos de la literatura que la revolución se hace con armas y no con novelas. El asunto es que no entienden que toda revolución tiene su doctrina y en ella, su propia literatura. Y analizar la realidad de nuestro pueblo y registrarla en una novela para que pueda ser leída por diferentes lectores en diversas partes es una forma de hacer revolución. La lucha armada es lo último que sigue cuando los cambios dialécticos suceden. Y no hay que temerlos porque eso ocurrirá como producto del proceso y nadie ha podido oponerse a ningún proceso histórico o fenómeno natural. Por ello, finalmente, pregunto: ¿Será cierto -como alguna vez Sartre dijo- que la literatura era una pasión inútil?
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EL TRIANTO REAL 

              DE 

MARIO GASTELO


Por: Víctor Díaz Monge



    “¿Será el paradero de los ausentes mejor que su terruño?” Que mejor interrogante planteada a la gente serraniega o la de tropicana selva después de afincada en la costa con sus bártulos de ilusiones y fantasías. Por lo común, la contrariedad florece desfavorablemente. En nuestro medio cultural, Chiclayo, Región Lambayeque, siendo fecunda en su capacidad agroindustrial tanto en el mar, como en la costa y la sierra, no es frecuente la aparición de un libro de creatividad literaria y científica desafiante. ¿Por qué será? Por tal causa, cabe una profunda reflexión. Después de la Reforma de la educación impulsada por el General Velasco ningún otro lo ha superado, menos este último gobierno que es un fracaso deplorable. Qué decir de las empresas y las Universidades que no apoyan a los artistas y escritores. Esta indiferencia es la característica del sistema liberal (o del libertinaje social y la corrupción). Sin embargo, la esperanza de la lucha por la existencia se encarna en el poeta y escritor quienes surgen como una fumarola con su chiroque juglar venciendo esfuerzos sobrehumanos, cantando y denunciando a través de su obra. Éstos esforzados titanes nos alcanzan un libro con las interpretaciones de su tiempo y el futuro. Así aparece, el Trianto real/2010 (Impreso en Chiclayo), Mario Leopoldo Gastelo Mundaca sencillo pero corajudo con su pluma graficando hechos reales y ficción de una realidad corroída por el sistema liberal o de la deshumanización.

    Mario Gastelo Mundaca (1944, San Juan de Licupis, Chota, Perú) es maestro (cesante), abogado, poeta y novelista. Cuenta con distinciones: Juegos Florales 1980, con Bajaron al valle (Prosa poética), y otro, en el certamen Nor Peruano 1983, con Nubes en el viento (Prosa poética).

    Las hojas, en realidad no son figuras planas, son superficies en el espacio. En esta mundividencia, una obra de arte no es una ficción sino una transfiguración artística de una realidad fáctica. Entonces el Trianto real es un trino de pensamiento que contiene tres novelas escritas con una fina prosa poética social y de conciencia planetaria, semejante a un rayo de sol que reúne los tres colores luces vitales del espectro de la Naturaleza. Las novelas Cantares de Alcanjorria, El poeta de lejanías opuestas y La dimensión del semejante, hay que leerlas para comprender la inmensidad del mensaje. Las tres obras revelan lugares, nombres y palabras académica y del habla común; por ejemplo, de origen Muchik, o sea, de la Lengua YungaChectayo, y otros motivos de la costa y de la sierra remozada y de profunda meditación que ha de ser de lectura obligada.

    A propósito de Lengua Yunga, Walter Sáenz Lizarzaburo, dice en su libro Orígenes de Chiclayo: con el tiempo, “Ch' eqta yoc” (mancomún o "comedio") se fue transformando en “Ch` iqta yoc” o “Chiclayoc” y finalmente  "Chiclayo". Pero como todo cambia y evoluciona, hoy Mario Gastelo Mundaca rescata la palabra yunga y la recrea dándole mayor forma, es decir, logrando un vocablo eufónico “Chectayo”. 

    El autor en la presentación de las tres novelas en: "Ofrenda literaria", condensado dice: Distinguir el futuro auroral, pese a la lejanía y oscuridad, teniendo fe en alcanzarlo después de vencidas todas las dificultades, caracterizan y separan de lo común a los protagonistas de estas tres novelas. El escenario novelesco es el país llamado Alcanjorria. Dividido aún en clases sociales, por la época capitalista burguesa liberal, en clases sociales fundamentales (obreros y burguesía) y secundarias (campesinos, artesanos, terratenientes). Y donde el fenómeno de la migración interna mueve a varias personas a emigrar, quedándose las otras con una curiosidad: ¿Será el paradero de los ausentes mejor que su terruño?

Chiclayo, 22 enero 2010
  
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LA NOVELÍSTICA DE TRANSLAMBAYECANIDAD DE MARIO GASTELO MUNDACA


Por Nicolás Hidrogo Navarro 

Lo que pasa con la novelística lambayecana actualmente es un asunto curioso. Desde hace unos tres lustros en la escena novelística lambayecana los nombres de Andrés Díaz Núñez, Gilberto Maxe Suxe y Bruno Buendía Sialer son por así decirlo una trilogía solitaria. Los dos primeros son cajamarquinos y sólo este último es lambayecano –aunque de nacimiento casual Miraflorino, pero lambayecano al fin-. No es que se hayan extinguido los novelistas, sino que en la región Lambayeque casi nunca existieron. En el siglo pasado, las figuras solitarias de Enrique López Albújar, Carlos Camino Calderón y Mario Puga Imaña, hicieron la diferencia y la excepción de no quedarnos huérfanos de novelistas. A diferencia de los cuentistas, que lo hay por decenas y poetas los más aún, -aunque poco difundidos en trabajos impresos- en los novelistas  dos o tres novelas salvan a Lambayeque en el siglo XX de la orfandad novelística:  “Matalaché” de Enrique López Albújar, “Puerto Cholo” de Mario Puga Imaña y “El daño” de Carlos Camino Calderón. Novelas epónimas, a excepción de la primera, centra en su escenario literario en Lambayeque.

Siempre he considerado que la ausencia de novelistas en la región Lambayeque, no se debe a que no existan historias qué contar, muy por el contrario, sino que la novela es un trabajo cerebral de más alto calibre y de largo aliento y demanda de un cierto conocimiento consciente –o por lo menos lecturas más profundas de novelas clásicas y de alto valor agregado estructural- de técnicas narrativas y un trabajo más tenaz, laborioso y de equilibrio entre técnica, historia, suspenso, argumentación, situación que no lo tiene la poesía –sé que muchos poetas levantarán polvareda, porque a veces se le dice que la poesía moderna es algo más emocional y sensorial , intuitivo, caótico; y, la narrativa algo más cerebral, lógico, estructurarado y complejo- .

Dentro de otra óptica de explicación de porqué pocos novelistas en Lambayeque estaría la falta de un mercado cautivo de lectores, las escasas ventas que no justificaría las fuertes inversiones en los tirajes novelísticos, la falta de una cultura de lectores de novelas de largo aliento, la ausencia de instituciones que promuevan concursos literarios de novelas, la ausencia de entidades formativas que promuevan el estudio y animación al surgimiento de novelistas. Aparte de los autores mencionados conozco unos cuatro autores más que al darme sus trabajos en borradores para leerles y darles una opinión, sé que escriben y que hay novelistas en potencia en el anonimato, pero que lamentablemente no publican por el alto costo de inversión previsiblemente irrecuperable.

En esta ocasión retrotrayendo todas sus historias y nostalgias andinas Mario Gastelo Mundaca, nos presenta tres novelas distintas agrupadas bajo una denominación general “El trianto real”: “Cantares de Alcanjorria”, “El poeta de lejanías opuestas” y “La dimensión del semejante”.

De noble  y larga inspiración  juvenil, estas novelas han soportado los reajustes y reacomodos del añejamiento del tiempo para convertirse en novelas con un lenguaje, un correlato y una argumentación andina, teniendo a la naturaleza serrana como escenarios y locaciones a los propios árboles de eucaliptos y los ventrudos cerros grisáceos y arrabales sin fin. Historias que hablan del mundo andino, los problemas de sus gentes, la descripción toponímica de sus paisajes como prioridad de novelas ambientadas ecológicamente y que demuestran una serena quietud y equilibrio entre el hombre y la naturaleza. Importan en estas novelas hacer gala descriptiva y toponímica del ambiente junto a los conflictos socio-emocionales de sus personajes, que no son otra cosa que el perfecto  pretexto para darle a la novela los diálogos que nutran los argumentos.

En “Cantares de Alcanjorria” aparece la historia andina del personaje autobiografiado que se desarraiga de su terruño serrano, producto de la migración se la sierra a la costa y sufre ese contacto social de exclusión y de difícil inserción, pero que finalmente sobreponiéndose a los avatares de los rechazo y marginaciones se impone para alcanzar el éxito. Es el típico drama que busca el anhelando desarrollo y que como un símbolo la ciudad jala como imán a los selváticos y serranos del Perú profundo para encontrar “la tierra no prometida”. Alterando los topónimos lexemáticos de los escenarios literarios, nos damos cuenta fácilmente que representa la costa y lugares conocidos como Chiclayo.

En “El poeta de las lejanías opuestas” se narra el peregrinaje de un escritor que baja de “su altura” para llegar a la costa. Con cartas y recomendaciones y con muchas ansias de triunfo de vuelco e irrupción en la ciudad, está preñado de peripecias y adversidades que ponen a prueba no solamente la pasión literaria, sino su resiliencia y su capacidad de soportabilidad de todas los sinos, contras y adversidades que es natural  que un escritor novel encontrará en esta jungla mayor que es la ciudad.

En “La dimensión semejante”, es un potente flash back que transporta al protagonista a la infancia para encontrar las preguntas inocentes y elementales que hay en este periodo etáreo. Luego al retornar al presente se enfrenta a la realidad del viajero que retorna al camino para llegar a la ciudad y encontrar fama, amor y trabajo.

La novelística de Mario Gastelo revela un constante movimiento migratorio no sólo de su personajes, sino el fluir mismo de la narración se le equipara y da la sensación que en las tres novelas hay un trasvase emocional andino hacia las ciudades costeras en búsqueda de oportunidades de éxito. Esta constante típica también aparece en la obra de su coterráneo Andrés Díaz Núñez. Son novelas que cuentan la historia migratoria de sus personajes hacia la ciudad, con todas sus peripecias, sus anhelos, frustraciones y con algunos insalvables triunfos. Sociológicamente, son novelas que explican la cosmovisión andina, el sincretismo que vive un escritor -o cualquier labriego o estudiante emocionado que deja su tierra, su familia y sus recuerdos para bajar a la ciudad-,  y, que, habiendo nacido en Licupis o Chames, no saben si sentirse licupisinos, chamesinos o lambayecanos: no hay disputa regional, ellos no son autores ni de literatura regional cajamarquina o literatura lambayecana, porque los escritores nacen en un lugar, se crían en otro y escriben en otro, un escritor es del mundo y de ningún lugar en particular a la hora de ser valorado estética y literariamente.

Lambayeque, febrero 06 de 2010






EL POETA DE LEJANÍAS OPUESTAS, NOVELA DE 
MARIO GASTELO MUNDACA


Por: Carlos Bancayán Llontop


      Transcribimos un fragmento de artículo de Carlos Bancayán Llontop sobre El poeta de lejanías opuestas, que hoy constituye la segunda novela del libro El Trianto real, de Mario Gastelo Mundaca. Tal artículo fue publicado en el diario La Industria, el 30 de octubre de 1999. He aquí el fragmento:

      “José Evaristo Peñanegra, andino adolescente, natural de Shallca, emigra huyendo de una mala madrastra, primero hacia el Este serrano y luego hacia la Selva Alta, donde trabaja como jornalero y ahorra durante dos años, mas sin dejar de escribir, pues tiene vocación de poeta. Anheloso de mayores horizontes, emprende viaje hacia la Costa y en la ciudad de Petra es primero zapatero y luego ayudante en una librería, lo cual le permite estudiar como autodidacto y afinar a la vez su vocación literaria. Publica su primer poemario y enrumba hacia la capital, donde se ubica en un suburbio; pero sobreponiéndose a la pobreza y con poderosa voluntad, llega no sólo a triunfar como autor sino también a encontrar el verdadero amor encarnado en Alicia, bella y talentosa joven que lo ayuda a difundir su obra.

      Dentro de la aparente candidez de la trama (que Gastelo, como siempre, adereza con bella prosa poética), la novela contiene dos testimonios importantes: la pauperizada condición de los peruanos mayoritarios, con niños que trabajan, jóvenes que a pesar de ser preparados deben laborar como albañiles o vendedores ambulantes, madres de familia que lavan ropa ajena para sobrevivir ellas y sus hijos. Y, por otro lado, el protagonista de la novela simboliza el intenso diapasón vital con que vibran algunos poetas (entre los cuales Max Dextre constituyó ejemplo paradigmático) que se sientes impulsados a crear y entregar poesía en instituciones, colegios, institutos, en recitales y publicaciones sencillas pero pulcras.

      Tarea necesaria aunque incomprendida en nuestra época metálica e inconsciente, en que más que nunca resulta indispensable iluminar, sobre todo para nuestros niños y jóvenes, los horizontes espirituales, a los cuales se accede a través del cultivo asiduo o siquiera el aprecio del arte verdadero”.





MARIO GASTELO MUNDACA, ESCRITOR DE GRAN FUERZA SOCIAL


Por: Jorge Aliaga Cacho

Un escritor de gran fuerza social que pinta, cual acuarela, la realidad social de un pueblo imaginario es: Mario Gastelo Mundaca. Natural de Chota, Perú. El autor nos entrega una obra colorida llena de paisajes exóticos: El trianto real. Desde muy niño, Mario Gastelo, imaginaba los lugares que no conocía, de esa manera ejercitaba la imaginación que, en la obra del autor, se usa para graficar vívidamente la realidad y problemática social de Alcanjorria, un lugar, que al juzgar por su belleza natural y el sufrimiento de sus habitantes podría perfectamente compararse con el Perú.

En la primera novela de este trianto el principal personaje es Marleo Florentino, un niño que a la edad de trece años abandona su Jalcamayo natal para probar mejor suerte en Chectayo, ciudad costeña de Alcanjorria. Su primo, Teodoro Allin, lo había adelantado en esta aventura y, por ende, había conocido primero el mar cuyo cargado oleaje haría presentir a Marleo las dificultades, por venir, en una ciudad de edificios altos, ruido y falta de solidaridad social. La trama que teje Gastelo es variopinta. Nos narra, por ejemplo, la actitud negativa del director del colegio “Amantes del saber” que denuncia a Marleo a la policía por el hecho de haber escrito, en el periódico mural, un artículo de contenido social. Narra la actitud represiva de los interrogadores policiales, la ineficacia de los jueces, la conducta antisolidaria del ‘criollo’, pero también, narra pasajes de ternura como los que encontramos en los diálogos con la madre: 'Mi madre, venida de Bosco, del pueblo serrano donde reside, es la que pone al comienzo la nota de tristeza. Mas el diálogo posterior clarea el ambiente y nos devuelve la calma'.

Gastelo nos relata también las tristezas de los presos que no tienen visitas pero encuentran la solidaridad de sus compañeros de prisión: comparten los víveres dejados para los presos que sí tuvieron visitas. La obra de Gastelo tiene partes de romance, su dulce Flor de María, riqueza de flora, fauna, y hasta pasajes que llegan a lo surreal como lo sucedido en, los rellanos intermedios de, Alto Turaco. Allí, don Vicente Benavides quedó congelado por el lapso de cien años antes de volver a encontrarse con el calor del sol, un nieto, cinco bisnietos y once tataranietos. Cantares de Alcanjorria denuncia la desprotección de la niñez patente en tantas partes del mundo. Un niño, vendedor de humitas, hace un alto en su trabajo para jugar con Zael y Heinz. Luego del juego los últimos se recogen y cierran la puerta de calle. Se lavan. Cenan. El uno abre su libro y el otro, su cuaderno. ¿Y el amiguito arrabalero y humitero? ¡Ah, pobre de él! Así como estaba sudando, cabellera revuelta y vestido de harapos, reanudó su camino, pregonando: ‘venndo humiitas’…

El sentido social de la obra de Mario Gastelo Mundaca, gran escritor peruano, es claro y se expande con El poeta de lejanías opuestas y La dimensión del semejante . El trianto real debiera ser lectura recomendada para todos los educandos y amantes de la buena literatura.

Jorge Aliaga Cacho
Master of Arts, University of Glasgow. 
Edimburgo-Escocia

Edimburgo













viernes, 21 de agosto de 2015

Verdegal de los comuneros








Dedicatoria:
A las comunidades campesinas
que son ayllu viviente y
perspectiva de la sociedad futura.



Ayllu:

En la actualidad subsiste como
organización social básica de
las comunidades campesinas
del Perú, Bolivia, Ecuador y Chile.

Diccionario  
Quechua Perú





PROEMIO




     El espíritu colectivo avanzado de los agricultores hizo fuerza por obtener la tierra en común. La hermandad social en el campo decide la suerte de los campesinos actuales y venideros. ¡Oh, libertad agraria, hasta un conejo zapatea en medio de la yerba tupida!

     La Comunidad Campesina o el ayllu, un logro de vida superior. Le elogian diariamente los árboles, espesuras y animales, o sea, el canto reloj de los gallos corraleros, la melodía matinal de los canoros en la fronda, el desplegar alegre de las flores diurnas y nictagináceas.

     A los mencionados elogios se asocia con mil palabras, Verdegal de los comuneros, novela sobre una historia campesina y un debe ser comunitario. Licupís, el lugar novelesco, en las alturas andinas localizado, próximo al cielo solar o estelar. Desde aquí baja un río cristalino, extendido, pleno de eterno comienzo y final.

     El saber social, económico y cultural dio con eficacia y primor la musa especial para aquilatar y escribir la altísima valía de una organización comunal, lo que en seguida está.

                                                             EL AUTOR




I

     Cincuenta años después, el chirimoyo agreste que dejé arboreciendo a la vera del camino, ha echado flores y chirimoyas. Exhibe su adulta y superior belleza matizada con canoras. Y el sol le torna vistoso en la perspectiva de los Andes.

     A mi destino, Licupís, ya lo veo desde abajo, aunque confusamente por la elevada lejanía. Mas antes de llegar pienso seguro: encontrarlo verdeante, un edén alófano y dicroico, ajustándose al día o la noche.

     El alba iniciará su alborozo y los arpados pajarillos volarán atravesando el labrantío en tanto diseminan la simiente. Pues a la villa capital se va y, anticipado, llega mi pensamiento. Descorre allí a los visillos y abre las ventanas que dan al rociado y delicioso jardín.

     Mas en donde me hallo subiendo sobre ruedas la cuesta sinuosa, transcurre un mediodía entoldado por aquellas nubes celestiales. Avanzado, entre el llano que interrumpe la cuesta y le denominan El Tambillo o la posada, cobro cariño a mi tierra y tengo confianza en ella. Le hablo entonces al chofer del ómnibus:

     -Aquí me quedo, deseo continuar mi viaje a pie.

     Y portando la mochila plena de cosas ligeras me apresto a caminar, no sin antes beber agua fresca del pequeño manantial y contemplar el ámbito arbolado.

     -Pensar -me digo-, este llano, ahora incompleto, fue centro poblado con tienda rural, hasta que el repentino aluvión se llevó la mitad del espacio, dejando en cambio un peñasco y una hondonada cubierta de montes a la postre.

     Ya estoy yendo, ascendente y a solo cuatro kilómetros del punto determinado. Mientras, distingo los árboles resaltantes alrededor de la villa cimera. Despacio me encamino por los antiguos y estrechos atajos que acortan la distancia y animan a proseguir…

     Algún paisano y conocido, quien ha de tener más de setenta años como yo, al verme dirá, ¿por qué regresa Ítalo del Sol en su postrimería? Siendo así, con ironía y al primer encuentro le expresaré:

     -Hoy lo verás, no vuelvo únicamente a recoger mi rastro.

      Fatigado supero la cuesta y me pongo en el verdor panorámico licupisino. Ando con más soltura, paso el  portachuelo Los Chochos y me doy tiempo a meditar sobre el valle El Korral de la banda izquierda. Lo separa de mi camino un declive cubierto por boscaje quinual. En ese pequeño valle se reunía el ayllu para algún fin cultural, educativo, político o social; existió luego la casa del hacendado, elemento central de toda la hacienda española. Ambas épocas son reveladas, al presente, por los que aún subsisten: el cauce de arroyo bien construido y algunas pircas medianas deslindando los recintos.

     Atravieso el prehistórico ámbito Chibchacocha y voy más allá, a tocar y sentir el corazón de mi destino. Llego. ¡Se abre la villa! ¿Cuál una flor? ¡No, está agostada y forma aspecto de un despoblado! Empieza la calle a recibir mis pasos firmes, entre dos hileras de casas grisáceas y pueblerinas y con puerta cerrada o entornada. Los rayos solares oblicuos, provenientes del oeste, han dividido a esta calle en dos carriles: uno soleado y otro sombrío. Ninguna persona camina por las aceras ni asoma a la puerta de su casa. Claro es que nadie me espera y quizá ni advierte mi presencia todavía.

     ¡Bah, cerca estaba la bifurcación! Pues me encamino por el ramal izquierdo, en bajada. Debo dar con la casa o el sitio que busco. Acá, actualmente no tengo familia, soy el hijo postrero de una generación fenecida, y hace ya cincuenta años que emigré, estableciéndome allende el horizonte, en Chiclayo, la ciudad costeña más atractiva de entonces.

     Me detienen, tan pronto arribo a la parte llana, los escombros de la casa en que hube vivido con mi madre Lucila y mi abuelo Pedrocateriano. ¡Oh, casa prístina, hoy reducida a escombros y atardecer!

     Durante esto, aparece, delgado como el árbol sin hojas, un anciano de tez trigueña y estatura regular, vestido a la usanza campesina, incluso con sombrero juncino y botas de jebe. Algo receloso me aborda, saluda y pregunta:

     -¿Quién eres?

     Correspondo.

     -¡Oh, mi recordado Ítalo! -prorrumpe alegre.

     En seguida, explica que él estudiaba Quinto Grado de Primaria cuando yo cursaba apenas el Tercero, pero ambos bajo la dirección de los mismos profesores. Ahora caigo en la cuenta, estoy hablando con Heraldo Rosas, de más edad respecto a la mía, ha cumplido ochenta años.

     El anochecer y la soledad apremian, y aún no sé dónde pasar la noche. Me siento un extraño, parece que mi tierra en vez de mejorar ha decaído hasta lo inhabitable. Sin embargo, tras el darme a remirar la construcción artística de calles y casas, tengo un presentimiento: algo positivo me va a sorprender.

     ¡Sí, de repente se manifiesta el alumbrado público y casero, y le cambia el semblante a la villa! Ahorita ella equivale a la joya encandilada que empalma con las estrellas. Por si fuera poco, Heraldo Rosas, cordial me persuade para ir de huésped a su casa, ubicada hacia la prolongación de una calle.